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ENTRE LINEAS

Matrículas peatonales

Matrículas peatonales

DEFINICION DE LOCO.-" Afectado por algún grado de independencia intelectual; disconforme con las normas convencionales que rigen el pensamiento, el lenguaje y la acción, normas éstas que los "cuerdos" o "conformes" produjeron tomándose como medida a sí mismos. Que discrepa con la mayoría; en resumen, extraordinario."


"El Diccionario del Diablo", Ambrose Bierce.



Antes de generalizarse la utilización del teléfono móvil si andando por la calle te encontrabas con alguien que hablaba al aire acompañando o no su conversación con gestos, rápidamente diagnosticabas que aquél individuo o individua padecía algún tipo de desequilibrio mental y discretamente cambiabas de acera por si, llegando a tu altura, le daba por utilizarte como objeto receptor de su enajenación. Hoy día la cuestión es más compleja. Con la llegada del teléfono móvil y, concretamente, con la universalización del pinganillo inalámbrico, es muy complicado saber si el sujeto o la sujeta que lanza sus diatribas al espacio lo hace en un acto de demencia o simplemente porfía con alguien. Esa situación se traduce en un elemento de riesgo añadido ya que, dada la profusión de conversaciones telefónicas que se dan en la vía pública, no parece conveniente el ir cambiando de acera cada vez que vislumbramos a alguien hablando con no se sabe quién. Así que nos arriesgamos a que, el que vaya de esa guisa, sea realmente un perturbado o perturbada y nos arree un mamporrazo al llegar a su altura presa del desvarío.


Y es que las situaciones embrolladas empiezan a multiplicarse en nuestras calles. Ya no sabes si el o la que contornea su cuerpo o hace palmas, a la vez que entona una canción en plena vía pública es porque quiere provocar tu interés porque le (o la) atraes irresistiblemente, o porque solicita tu óbolo o, simplemente, porque se entrena para pasar el “casting” de O.T. versión Telecinco. Tal vez ha llegado el momento de que salgamos a la calle con matrículas peatonales en las que, a modo de cartelito, se indique qué estamos haciendo en cada circunstancia que pueda dar lugar a confusión.

Miedos

Alguien más entendido o entendida que yo decía que hablar de los miedos es empezar a superarlos. Así que hablaremos (escribiremos) de ese miedo, de esa preocupación que much@s compartimos. Uno, que ya es veterano en las artes de la navegación por este, a veces, proceloso mar de “bytes” que es “La Red” va encontrándose con las especies marinas más variadas. Sirenas que te atraen con su canto y promesas de un Edén eterno y sin parangón. Neptunos que venden protección, “complicidad” (palabra de moda que trata de indicar lo que antiguamente se denominaba “amistad con derecho a roce”) y toda una serie de vistosos artículos que hacen las delicias del consumidor más exigente...





Y un@, azuzad@ por esa explosión apasionada y loca, abre su corazón a la sirena o neptuno de turno... ¿Y qué ocurre entonces? Muy sencillo. Una vez “cobrada” la pieza aquél personaje “quasi” mágico, se convierte en pececill@ y se escurre entre el oleaje en las profundidades de lo que ahora es una auténtica fosa abisal...


Y a fuerza de que esa situación se produzca una y otra vez, de que en cada una de ellas un pedazo de tu corazón se desprenda, aparece ese miedo de que poco a poco te vayas quedando vací@... y sientes miedo de dónde quedarán las cosas que has dicho, que has sentido, que has confiado. Y te desespera ser consciente, en ese momento, del valor que se le daba a ese pedazo de tu alma...


Y ocurre que a mi también me preocupa que desaparezcas “a vuelta de correo”. Por eso, muchas veces me vuelvo como un caracol... pero contrariamente a los que le sucede a ese animal que se retrae y se refugia en su caparazón cuando detecta el peligro, yo me voy a él cuando no detecto, cuando no siento ...

Selectividad

Selectividad

Andaba a primera hora de la mañana camino de mi despacho pensando en la confluencia de selectividades que se dan estos días, que si las agotadoras pruebas de acceso a la Universidad dónde, en tres días miles de jóvenes han de corroborar doce años de aprendizaje en parvulario, Primaria, Eso y Bachillerato; que si los etarras han excarcelado de su macabro “corredor de la muerte” a los políticos electos; que si en Galicia andan seleccionando con mimo hasta la última papeleta de los emigrantes, que si los de "Operación Triunfo" versión Tele 5 andan seleccionando a los futuros iconos de nuestros y nuestras adolescentes …


En esas estaba cuando, como cada día a las ocho y cuarto, ella, que espera la llegada del autobús escolar, me abrió el portalón de la entrada al edificio. Nunca le falta esa sonrisa que me alegra el alma. Siempre con ese olor a límpio con que la acicala su madre. Regalándome ese saludo sentido de “buenos días”. No se ni cómo se llama ni qué edad tiene. No se si alguna vez escuché su nombre pero se que, los que nos autodenominamos buena gente, decimos de ella “afectada por el síndrome de dowm” y “subnormal” los menos agraciados intelectualmente poniendo, eso si, cara de pena y apostillando siempre “la pobrecita”. Abrí la puerta del despacho y fui saludado y saludé con una especie de mueca-gruñido proveniente del despacho de mi secretaria.


Eso me hizo volver a la realidad y, con ello, a la tristeza de espíritu mientras me preguntaba: “¿Y a nosotros qué sabio nos seleccionó en el grupo de los humanos?”.

Lo normal y lo normalizado

Lo normal y lo normalizado

¿ Somos seres normales o, símplemente, normalizados?. Hay una sutil diferencia entre una y otra situación. Ser normal es, bajo mi punto de vista, actuar conforme se piensa y se siente. Escribir de acuerdo a tus sentimientos. Hablar con las palabras que quieres decir y con tus propias expresiones. Moverte a tu manera e ir donde en realidad quieres ir. Ser normal no es, empleando una frase que tenemos muy a mano, ser políticamente correcto. Al menos no siempre se es.


Normalizado es cumplir con las normas que nos dictan, que nos exigen los demás. En este caso siempre somos políticamente correctos pagando el peaje de no ser nosotros. Me diréis que todos tenemos un poco de cada cosa, de seres normales y normalizados. Es verdad. Pero siempre las decisiones importantes, las palabras imprescindibles son normales

Día de Blanco

Día de Blanco

Hoy es un día de blanco. Y escribí “de” blanco y no “en” blanco porque es así como lo veo. ¡¡ ¿Qué más hubiese querido yo que fuese un día en blanco? ¡!. ¡¡ Que fuese un día para borrarlo del calendario de mi mente ¡!. Pero, por más que he intentado pintarlo de otra manera, el día es de color blanco.


Miro al cielo y lo veo blanco... no es por las nubes.


Miro el mar y lo veo blanco... no es por la espuma de las olas.


Miro la tierra y la veo blanca... no es por la nieve.





La felicidad hoy se viste de blanco. También la tristeza. Todo a mi alrededor es blanco.





Blanco… blanco… ¡¡ blanco ¡!. Como mi grito. Blanco. Como el color de mis lágrimas.

Amor censado

Amor censado

- ¡ Estás en la lista ¡ - me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.


- No me gustan las listas. No quiero estar en ninguna.


- ¡ ¿Qué dices? ¡ ¡ Estás de los primeros! ¡En un lugar de privilegio!.


- Que pasen delante mío. Que me pongan el último o, mejor, ¡ que me borren ¡


- Muchos se pelearían sólo por estar.


- Precisamente por eso no quiero estar en la lista. Soy pacífico y odio las contiendas. Además no he pedido estar en ninguna. Nadie me ha pedido opinión al respecto.


- Te pusieron porque merecías estar en la lista – apostilló queriendo remarcar el éxito de mis virtudes.


- Pero no quiero estar – dije empezando a impacientarme – Que me tachen. ¡No, que tachándome queda constancia que he estado ahí!. ¡ Que me quiten ¡ ¡Que me excluyan ¡.


- No te entiendo, la verdad es que no te entiendo –meneaba la cabeza de un lado a otro como queriendo sacudirse de su mente las palabras que estaba escuchando – Con lo solicitada que está.


- Nunca me han gustado las listas porque estoy en demasiadas. No quiero estar y, sin embargo, me incluyen sin escucharme. No me gustan las listas porque puedo estar de los primeros y eso implica mucho esfuerzo. Esfuerzo para que otros pasen antes que tú otros o para mantenerte en esos lugares presuntamente de privilegio. No me gustan las listas porque eres un simple número y, los números solo sirven a la cantidad, no a la calidad. No me gustan las listas porque me aterran las multitudes, en ellas me diluyo como un azucarillo… de sal.


- Pero sino estás en la lista nunca llegarás a ella – insistió.


- ¿Ves? No he pedido estar en su lista. No quiero llegar a ella a través de una lista, como si esperase turno en cualquier organismo público. No quiero pertenecer a una lista como si fuese un producto que se adquiere en un supermercado. No quiero estar en un lugar en el que te incluyen y excluyen a voluntad, pero no la tuya, sino la de los otros – concluí – Y no dudes que llegaré. Si me interesa, llegaré.


- ¿Cómo?


- El día que le entregue mi lista.

El mejor gobierno

El mejor gobierno

Esto de acertar en el mejor gobierno para un país no lo encuentro tan complicado. El saber qué equipo aplicará la mejor política económica, quién se acercará más al estado del bienestar, no es tan difícil. Quién o quienes nos procurarán o acercarán a la trilogía de la vida: "salud, dinero y amor" es tarea sencilla. Me explico. Cuando se hacen públicas los resultados de las principales empresas españolas, año tras año, ejercicio tras ejercicio, invariablemente desde su fundación, podemos ver o escuchar que "El Corte Inglés", esos grandes almacenes, incrementan sus beneficios con respecto al año anterior. Este, ni más ni menos, que un 30%. Y pensar que nuestro País se da con un canto en los dientes con incrementar el P.I.B. en un 3%.


No, no soy un ser materialista y no solo pienso en los resultados económicos. Se que son importantes la salud y el amor. También eso nos lo solucionan los grandes almacenes, porque ¿quién ha pasado frío o calor en el interior de cualquier sucursal de "El Corte Inglés", sea verano, otoño, invierno o primavera? ¿quién no ha encontrado un ambiente saludable en cualquiera de las dependencia de los almacenes ? Como mucho algún que otro resfriado, pero nada más. Lo del amor ya es otro cantar, pero con la despensa y el bolsillo llenos y sin necesidades de "Viagra" inmediatas, el amor debe venir por añadidura. Así pues, como corolario, debemos cambiar nuestro gobierno por el Consejo de Administración de "El Corte Inglés" que es el que, hoy por hoy, nos acerca más al "Mundo Feliz" y quién cubre nuestras necesidades con abundancia.


Y cuando digo que nos debiera gobernar el consejo de administración de "El Corte Inglés", es a modo de ejemplo. No es que haga proselitismo de esos grandes almacenes o que les tengo un trato de favor. No. Se podría arbitrar un sistema muy simple. Nada más nos tendríamos que poner de acuerdo en elaborar una lista de las principales empresas del País y, aquella que tuviese mayores beneficios económicos, sería su consejo de administración o los gestores de la misma quién nos gobernaría. ¡¡La cantidad de problemas que ahorraríamos!! . De entrada el ahorro del gasto electoral, que no es poco, aparte del "bombardeo" propagandístico de las diferentes opciones políticas. Y no quiero ya ni pensar, hablando de política, de los señores que la hacen... ¡¡¡ que descanso !!!.


El modelo propuesto tiene el valor añadido de que es exportable a todos los países del Mundo, con lo que al tener similares sistemas de gobierno, no tendríamos los sobresaltos cuando al Sr. Putin le da por rescatar rehenes en teatros y devalúa el rublo o cuando a Bush le da por montar una guerra en cualquier lugar del planeta. Al final, haciendo desaparecer a todo esa fauna política, además de favorecer a los mortales que somos nosotros, ellos también saldrían ganando porque se dedicarían a lo que en realidad saben hacer. Nada.

El vello "público"

El vello "público"

Cuando llega esta época del año en la que la canícula deja al descubierto, por la escasez de las prendas con las que nos vestimos, nuestras evidencias, siempre me hago la misma reflexión. Para llevar la ropa interior también necesitamos dignidad. Esa reflexión se hace ruego, cuando por razones de mi heterosexualidad, me fijo en la ropa interior que se adivina o se patentiza en las señoras de cualquier edad y condición. Vaya por delante que, como a la mayoría de los integrantes ejercientes de mi género, me gusta la mujer con braga pequeña. Esa que, en su parte delantera cubre nada más que la zona genital y que, por detrás, consiste en una cinta estrecha. Pero en período de transparencias, telas finas y pantalones situados a medio vientre ese influjo que en mi ejerce esa prenda femenina, tiene sus límites. Y es que, señores y, sobre todo, señoras, hay fronteras del decoro que no se pueden pasar. No se pueden embutir unas nalgas de cien centímetros por lado en una braga pequeña. Eso es una crueldad. Si además esa braga pequeña es de color rojo y la cubre un pantalón que, en las dimensiones en las que nos estamos moviendo, se ajusta a la nalga como pellejo, de color blanco lino transparente, eso es un atentado visual de magnitudes considerables.






No digamos cuando, en aras a una supuesta sensualidad, el ejemplar descrito se traslada a la playa y, la inconsciente, persiste en que su dos piezas (o una) sea de idénticas dimensiones a la de su ropa interior. Puede llegar a ser monstruoso si se visualiza no ya solo la parte posterior, sino la anterior. Si, aquella zona donde, con total seguridad, el vello púbico, se ha convertido en vello “público” por mor de un encogimiento de prendas y un agrandamiento de carnes. Y es que, nuestra belleza, no la realzaremos más escatimándola en prendas, sino dotándola de los recursos adecuados.

¿Y tú qué vendes? (segunda y ¿última parte?)

¿Y tú qué vendes? (segunda y ¿última parte?)

El argumentario que utilizamos como reclamo para conseguir ventas puede llegar a límites más que aceptables cuando se trata de airear miserias. Aquí existe una tendencia “quasi” universal a divulgar las propias. Esa técnica puede ser eficaz como contacto inicial del que compra, pero hay que manejarla con mucha habilidad ya que corremos el peligro de aburrir a nuestros y nuestras interlocutores si piensan que ya han hurgado suficientemente en ellas. Si queremos mantener el interés de quién nos lee, tendremos que exprimirnos las neuronas para intentar darle a los hechos de nuestra existencia, el toque escabroso que el comprador o compradora demanda. Cuanto más tormentosa sea la experiencia, más éxito se tendrá de público como si se cumpliese una regla matemática universal de la desdicha. Y es que la felicidad no vende. Si ponemos un hecho agradable a duras penas merecerá un comentario que, generalmente, será un lacónico: “Que bien. Me alegro mucho por ti”. Como mucho pondrán exclamaciones a esas palabras para darles mayor fuerza“¡¡!!” y algún que otro “emoticono” al uso “;-)” . No obstante, habremos perdido un comprador o compradora.


Los traficantes de vidas propias suelen caer muchas veces en el gregarismo. Generalmente se juntan en grupúsculos de intereses similares y, los miembros que pertenecen a él, van explicándose su existencia cotidiana basada en la desgracia y que gira, fundamentalmente, sobre un mismo eje. Amores y desamores. Un círculo vicioso que finalmente acaba por el aburrimiento del colectivo que se disgrega a los miembros hacia otros colectivos de igual espíritu desgraciado pero con otros integrantes a los que les acabaremos escribiendo las calamidades de siempre.


Ahora bien si buscamos el éxito comercializando con vidas, dónde se obtiene éxito seguro, es aireando las ajenas. Los dardos lanzados al corazón de las existencias ajenas son alimento codiciado. Y el máximo éxtasis, donde se reclutan legiones de seguidores es cuando los enfrentamientos, las trifulcas se hacen públicas. Nos encanta observar como nos despellejamos. Disfrutamos contemplando la provocación, la reacción y el desenlace. Si ese resultado es desagradable, mejor. Si leemos en las páginas de los y las provocadores y provocadoras, de esos y esas que hacen del desprecio a los demás cosa de comercio, están a rebosar de comentarios y es que, tenemos una tendencia a creer que el pendenciero o pendenciera se rendirá ante nuestras palabras. Craso error. Si le entramos “al trapo” o sin él, recibiremos el castigo a nuestra osadía. Y así seguirán, renovándose en el improperio, renegando de los programas de televisión como Gran Hermano, La Casa de tu vida o, la madre de todos ellos, “Crónicas Marcianas” pero mirándolos de reojo, no porque crean que les han copiado el guión, sino para nutrirse de nuevas ideas.


Y ya solo me quedan las excepciones. Los que no venden ni un lápiz o, ya que estamos en el medio, ni un bite. Esas páginas son las que se dedican al puro placer de escribir, al mimo de la palabra, al arte de comunicar. Son verdaderas joyas literarias, anónimas y que lo seguirán siendo por mucho tiempo ya que no nos acercamos a ellas. Al menos, no lo suficiente. Comentamos poco en ellas. No nos interesan esas emociones ¿o tal vez no las entendemos? Da igual. Seguirán existiendo porque, como decía el poeta, “podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”.

Sentimientos

Sentimientos

Aunque no tengo por costumbre utilizar palabras que no son mías para expresar lo que pienso o digo, por esta vez haré una excepción y dejaré un pequeño fragmento de “El amante de L. Chatterley” ya que, por lo que parece, no he sido suficientemente claro en lo que le dije a alguien. La pieza en cuestión es la siguiente:



Los sentimientos que no tengo no los tengo,
los sentimientos que no tengo no diré que los tengo,
los sentimientos qué tú dices tener no los tienes,
los sentimientos que a ambos nos gustaría tener ninguno de los dos los tenemos,
los sentimientos que la gente tendría que tener nunca los tiene,
si la gente dice que tiene sentimientos,
puedes estar segura que no tienen nada,
de modo que si quieres que sintamos algo,
olvídate de cualquier idea de sentimientos. "




Por cierto, “El amante de L. Chatterley” la escribió David Hebert Lawrence. De nada.

¿Y tú qué vendes? (primera parte)




Estamos en estos lugares mal llamados "virtuales" porque, nos guste o no, tenemos algo que vender y esperamos obtener por ello un precio. No es dinero lo que queremos a cambio. Al menos no es esa la finalidad directa de nuestra venta aunque, el papel moneda, acabe apareciendo en un momento u otro.


Como el medio lo permite, exponemos nuestros productos como si lo estuviesen en las vitrinas de cualquier supermercado. Para conseguir la transacción utilizamos unas técnicas de márqueting (Lo se. Odio las "k" excepto en mi ropa interior) rudimentarias, pero muy efectivas.


La primera de ellas es ofrecer sexo. El propio y el ajeno. Estas páginas ofertadoras de sexo son las más visitadas, laureadas y comentadas y sus autores y autoras, los y las más adjetivadas como sensuales, valientes e, incluso si la letra que acompaña a las imágenes tiene cierta coherencia en la exposición, inteligentes. Cuanto más explícito sea el sexo, mejor. El sexo es algo que se vende mucho, siempre hay compradores y compradoras para el sexo. Compradores y compradoras ávidos y ávidas de buscar una justificación literaria a un instinto, por lo demás, de lo más natural. Tan necesario como el comer pero, les parece que escondiendo tras las palabras esa exigencia corporal, estarán mejor vistos.


Algo más complicado es saber qué esperamos obtener cuando mercantilizamos el sexo. Apuntaré algunas posibilidades.


En el momento que mostramos en alguna imagen alguna parte de nuestra anatomía que permanece normalmente oculta en las relaciones sociales de nuestra vida física o bien, imágenes en las que nos estamos haciendo un autohomenaje es decir, masturbándonos, se busca además del morbo que nos produce exhibir nuestro propio cuerpo y que éste merezca el aplauso público, se busca además, atrapar mentes. Si, habéis leído bien. Atrapar mentes. La reacción primaria ante la contemplación de lo prohibido, si nos es agradable, es estar pendiente de ello para cuándo se vuelva a repetir. En otros términos, "quedarse colgado o colgada". El placer que se siente al atrapar una mente y hacerla funcionar a nuestro antojo es superior al que se pueda experimentar con cualquier orgasmo. Probablemente quién se exhibe de ese modo sea porque, a su vez, tiene otra mente que la domina y precise hacerse de esas voluntades. Para reafirmar la suya.


Otras veces, quizá las que más, lo que se pretende es cosechar sexo a cambio del que ofrecemos. Pero como ir pidiéndolo así, a bocajarro, es rechazable, lo tenemos que disfrazar con mejor o peor tino. En este caso nos vamos a encontrar con páginas adornadas de imágenes sugerentes o explícitas, tanto da, que van acicaladas con textos, propios o ajenos, que procuran ser románticos. No nos engañemos. El destino final, la venta es de sexo y se espera recibir el puro goce sexual. ¿Qué sentido tiene, sino es así, acompañar una imagen nuestra o extraña como a uno o una le o la trajo al mundo o poco más, junto a un texto, pongo por ejemplo, de Salinas, Becker, Benedetti o seguida de la letra de las canciones de Sabina o Joan Manuel Serrat?. Pues símplemente eso. Deseo puramente carnal, que es ni más ni menos, el precio que queremos por ello.


Nada más hay que leer los comentarios que se hacen a las ilustraciones, que no a los textos, de esas páginas y hacerse la siguiente pregunta ¿Los y las visitantes de esas "webs" serían los y las mismas de no existir una imagen gráfica lo suficientemente sugerente y explícita de nuestro cuerpo o el ajeno? Por supuesto que no. Leer detenidamente cualquier texto que acompañe una imagen de esas. Si son de autoría propia, no copiados, son, digámoslo, infumables. No hay quien aguante su lectura. Pero eso no importa, esas páginas tienen y seguirán teniendo su coro de aduladores y aduladoras que, se escriba lo que se escriba, siempre encontrarán el lugar lleno de dulzura, sensualidad y, sobre todo, una fuerza de atracción irresistible. Esos autores y autoras serán los y las que luego clamen, llegada la hora de profundizar en el conocimiento de alguno o alguna de sus habituales, porque sus páginas estén pobladas de cazadores y depredadores en sus versiones masculina y femenina. No creáis que se apartarán ni un ápice de sus técnicas de venta, a fin de cuentas eso es lo que quieren, eso es lo que buscan. Aunque nos engañen. Aunque se engañen.

El macho cabrío y el mono

El macho cabrío y el mono

Todo el mundo sabe que, vulgarmente, un macho cabrío es un cabrón. También es conocido que se designa así a aquél varón "casado con mujer adúltera", es decir, como se dice vulgarmente "que le pone los cuernos". Así que esa expresión la utilizamos como insulto a alguien que nos ha hecho una rufianada. El mono es un animalito que nos mueve a la simpatía, a la ternura. Incluso empleamos el término "mono" para definir algo bonito, lindo y atractivo. Es, en definitiva, un término amable.


Sin embargo la valoración de esas palabras no es la misma. Si, si. No es lo mismo llamarle cabrón a alguien, que llamarle mono. No. Llamarle mono a alguien puede ser considerado xenófobo y pagarse con la cárcel. No digamos si la palabra va acompañada de los sonidos onomatopéyicos del primate. Entonces ya la pena, es mayor. En cambio, el término cabrón es de libre y permitido uso. Se puede llamar cabrón a quién quieras sin temor a ser censurado por ello. Al contrario, hasta puedes conseguir el beneplácito de buena parte de la sociedad. Así, de ahora en adelante, oíremos a las madres de los pequeñuelos emplear términos como éste cuando se refieran a sus chiquitines: "¡Pero que cabrón es mi niño!" en lugar del denostado: "¡Pero que mono es mi niño!". No digamos a los extraños a la familia y a las profesores que dirán sonrientes a las madres: "Tiene Ud. un hijo muy cabrón" en lugar de decirle "Tiene Ud. un hijo muy mono". Así que, no será de extrañar que, de ahora en adelante, en los parques infantiles, el término "cabrón" sea de uso corriente y bien visto.


Y voy a terminar por hoy haciendo una recomendación a la hinchada del Real Madrid (a la sazón, club de futbol). Cuando Eto'o os coloque algún gol en el Bernabeu, no le llaméis "mono", llamarle líbremente cabrón. Es gratis.

Ilusiones

Ilusiones

Parece como si la tierra y el mar estuviesen juntos. Tienes la sensación que tras la línea que los separa entrarás en el oleaje. No es así. A medida que nos acerquemos al límite veremos como aparece ante nosotros una atalaya, donde puedes detenerte a contemplar el magnífico paisaje que se ofrece y, tras el mirador, un pequeño acantilado lleno de rocas que sirve de batiente a las olas y de camino para acceder al mar. Hemos tenido una ilusión. Creíamos que podríamos alcanzar fácilmente el mar y no es así. La ruta es algo más complicada y si queremos llegar hasta ese punto del horizonte, hasta ese barco que divisamos, el esfuerzo será mayor del que suponíamos.


Es fácil ilusionarnos en nuestras relaciones por “La Red”. ¿Cuántos y cuántas hemos sucumbido a su influjo “cuasi” mágico?. No tengo estadísticas pero intuyo que son pocos los que quedan fuera. Tantos y tantas como quién nunca se ha conectado. “La Red” atrapa. “La Red” engancha. “La Red” es una enorme fábrica de ilusiones que nosotros podemos utilizar a nuestro antojo. Cada vez que alguien nos atrae y somos correspondidos, nace una nueva ilusión. Está ahí y parece muy sencillo cogerla. Pero no lo es. A medida que nos acercamos aparece la atalaya y, tras ésta, el acantilado rocoso en el que golpean las olas con mayor o menor intensidad. Podemos, no obstante, saltar la plataforma y descender el pequeño barranco hasta alcanzar el mar e ir tras el barco, tras la ilusión... o podemos quedarnos sentados, contemplando como pasa el navío, contemplando como pasa el sueño. Arriesgándonos a que ese inmenso mar acabe por engullir todas nuestras esperanzas.

El que suscribe...

El que suscribe es original, elegante, inteligente, instruído, culto, intuitivo, donoso, gracioso, gentil, galán, atento, eminente, encantador, burlesco, atrayente, atractivo, seductor, arriesgado, prudente, fascinante, único, excelente, conquistador, dicharachero, chistoso, amante, afectuoso, cariñoso, tierno, sensible, alegre, ingenioso, agudo, ocurrente, benévolo, astuto, simpático, amable, eminente, ilustre, excepcional… Guapo.





Pero puedo llegar a ser vulgar, cursi, borde, ignorante, irreflexivo, inconsciente, soso, triste, grosero, desagradable, interesado, insignificante, antipático, serio, repulsivo, desagradable, corriente, frío, hosco, brusco, duro, distante, indiferente, torpe, obtuso, cruel, ingenuo, inaguantable, anónimo, usual… Feo.


Disculpad que no siempre sea un campeón. Lo siento. Soy humano y tengo mis límites.

Un abrazo

Un abrazo

Una persona querida por mi necesita un abrazo. Vengo a dejárselo también en este lugar. Es un abrazo rotundo, desnudo, sin adjetivos, con la única contraprestación de su propia necesidad ... y de la mía.

Gula

Dicen que todo pecado lleva su penitencia.


Puedo afirmar que la Gula, siendo uno de nuestros pecados capitales, lleva consigo una penitencia aún mayor. La cena de ayer noche me hizo reflexionar sobre ello.


Había quedado a cenar con uno de los mejores clientes del despacho que, a su vez, es una de la mayores fortunas de Barcelona. Fortuna mayor y, lo que es mejor, discreta. Una riqueza hecha a base de fabricar la mejor horchata de Barcelona (con chufas de Alboraya , por supuesto) y cuyos réditos los supo invertir en unos magníficos "tochos". Y, el tocho, se ha puesto a precio de diamante. Ese anonimato le permite disfrutar su fortuna con total libertad que, eso, es disfrutar por partida doble.


Cada año por estas fechas de declaración de amores inconfesables con la hacienda pública, me invita a cenar para "celebrar que, otro año más, has ejercido como mi amante fiel ante el erario público", me dice. No le haría falta la invitación ya que mis servicios de "amante fiel" los paga generosamente con ese invento fenicio que se llama "moneda". Pero en fín, como es un hombre agradable y como nos une una vieja relación profesional, no me duelen prendas el pasar una velada con él. Total elige el lugar e invita, así que ejerzo de "amante pasivo" que tampoco está mal. Como casi siempre en esas cenas, tocaba marisquería y, el anfitrión escogió una de las marisquerías mas de moda en Barcelona.


Yo que soy hombre comedido, de ensalada nocturna y que me riego con la oxidante agua (¡que aburrimiento, por Dios!) y no está acostumbrado a los excesos entre semana, me procuré desde por la mañana mi buena ración de "Almax" para que el estómago no me pasase factura. Y no era precísamente por la cena. Una docena de ostras, caviar (beluga ¿o pensabais otra cosa?), langosta, unas, al lado de esos platos, "ordinarias" almejas componían el "pica-pica" del primer plato. Como caldo de acompañamiento, un reserva "Vega Sicilia" cosecha 1999, que nos lo bebimos como si fuese agua aunque, y estaréis pensando como yo pensaba, qué hace un tinto entre tanto marisco. Pero ante ese despliegue de poderío gastronómico opté por no preguntar y beber (¡qué delicia!) y comer. Los segundos platos fueron algo más discretos. Cocochas él y yo, Rodaballo. Pasamos, ahora si, al champagne. Un "Cuvée Dom Perignon" que no llegó al término del último bocado, así que pedimos otra botella y así completariamos el postre.


Mientras avanzaba la cena y, paralelamente, empezaban a hacer sus efectos los efluvios alcohólicos, miraba a mi comensal y pensaba en que aquél era el hombre de mi vida. Un tío con fortuna, azotado por las enfermedades y divorciado. "Pues nada, me divorcio yo también y le pido en matrimonio". Veía así solucionada mi vida y la de mis hijas y soñaba con un retiro dorado dedicándome a lo que siempre he anhelado. La vida contemplativa. "¿Y el amor?" me decía mientras hincaba el diente al Rodaballo. "¡ El amor!. El amor ya vendrá luego. Primero solucionar la supervivencia. La buena supervivencia y luego ya me dedicaré al amor". Total si ya era un mercenario, que más daba venderse un poco más. ¿No lo hizo Esaú por un plato de lentejas?. Cabe preguntarse qué hubiese hecho el bíblico personaje por una langosta y unas ostras. Mata a su familia entera, seguro.


En cualquier caso, después de tanto consumo alcohólico, aún me quedó algo de consciencia para no platearle mi oferta. "Tu fortuna a cambio de ser siempre tu 'amante fiel' (oficializada) y pegársela a Hacienda todos los días". Las pesadillas y el sudor que se me pegaba al pijama no me han dejado dormir. Tendré que buscar otro "amor" o ponerle más "alegría" a la ensalada.

Hijos de una misma bestia



No he podido evitarlo. La difusión de un vídeo por la televisión en el que se visualiza el asesinato de seis bosnios maniatados, a sangre fría, a manos de una llamada policía especial serbia en Srebrenica, me ha hecho rememorar aquella imagen de hace ocho años, cuando encontraron el cuerpo de Miguel Angel Blanco, también ligado de pies y manos, con un tiro en la nuca en aplicación de una mácabra "justicia" escrita por las alimañas etarras. Acto seguido, mi mente ha volado a la imagen de Otegui, sonriente y paladín autoproclamado de la negociación entre la "bella" (ZP y sus muchachos para los no iniciados) y la bestia.


Y de ahi, por ese juego de impulsos neuronales que no puedes controlar, recordé la película que vi la semana pasada, "El Hundimiento" que narra los últimos días de Hitler. Es bueno repasar esos hechos y saber que la bestia no quiso negociar ni cuando estaba acorralada. Con las bestias no se negocia. Se las elimina porque, sino, continuarán engendrando bestias. Continuarán jodiendo para procrear mas bestias. Para ver nacer mas hijos. Mas hijos de puta.

Es jueves y lo llevo mal

Es jueves y lo llevo mal

El jueves es mi día de mala suerte. Lo tengo institucionalizado así y sé perfectamente que se debe a un trauma infantil. La suerte para mi es que no es un trauma infantil de esos que cuando eres mayor, es decir cuando tienes entre noventa y cien años, debes ir al psiquiatra para que te lo localice porque hay algo en tu mente que te atormenta. A esa edad siempre hay algo en tu mente que te aflige y tienes que acudir a sesiones de hipnotismo, largas y sobre todo costosas, para que el problema aflore. Mi trauma está perfectamente identificado y, cuando llegue a los cien años, no pasaré por el adiestrador de mentes para que me vaya al otro barrio sabiendo de dónde procede mi fobia por los jueves. Así que mis hereder@s pueden estar tranquil@s por que mi patrimonio no menguará, al menos, en esos menesteres.


La cosa arranca antes de que cumpliese los siete años. Más concretamente de antes de hacer la comunión. Los traumas infantiles siempre aparecen antes de hacer la comunión en el mundo católico que, presuntamente, es el mío. Supongo que en el Islam esos traumas aparecen antes de la primera peregrinación a la Meca o, antes de la primera meditación en la posición del loto en el budista. Lo cierto es que, por lo que a mi respecta, el trauma fondeó en la mente antes de que me diesen la primera hostia. Después de la primera hostia ya no hay más traumas supongo porque, de las que te dan, ya no tienes tiempo de ocuparte en tenerlos.


Pero vayamos a la cuestión. Al trauma de los jueves. Por aquél entonces estaba en el parvulario. Era un parvulario adyacente a una Iglesia, casi en sus sótanos. La "señorita" (en los parvularios de aquella época todo eran "señoritas" independientemente de su estado civil, edad o condición social) nos había encargado como deberes de ciencias naturales el estudio de la germinación de ciertas gramíneas; una lenteja, un garbanzo y una judia (habichuela). Para facilitar nuestra observación en el brote de las raíces, debíamos introducir las gramíneas en una recipiente de yogour de cristal (danone, por supuesto)que previamente habíamos rellenado totalmente con algodón. Situábamos las semillas entre el cristal del recipiente y el algodón, de tal manera que podíamos ver la evolución germinativa. Lo único, además de vigilar, que debíamos hacer, era regar convenientemente el algodón.


El experimento debía durar dos semanas al cabo de las cuales ya habrían brotado las raices y algunas ramitas que alojarían las futuras lentejas, judías y garbanzos. Al cabo de una semana, decían, ya debería empezarse a notar algún efecto en las semillas. Primero un abultamiento y luego la salida de las raíces. Así lo hice y me dispuse a regar diariamente el algodoncito. Los cuatro primeros días notaba que aquello se hinchaba. "Esto va bien" pensaba. "Me voy a llevar un 10. No ¡ una matrícula !". Y continuaba regando el algodoncito con esmero. Pero a partir del quinto día la cosa se estancó. A partir de ese día, la lenteja y la judía evolucionaron desde la hinchazón a una especie de "reventón" que liberó una viscosidad verde. El garbanzo también transmutó mal. Simplemente estalló al séptimo día. Ignorante de lo que pasaba decidí que el problema se debía a falta de agua. Y me puse a regar con generosidad el algodón que hacía las veces de tierra fértil. Nada. Al término de las dos semanas aquello parecía una pasta aguada de color marrón claro, mezcla de algodón y hebras verdes.





El castigo fue monumental. La "señorita", al ver aquél engendro de la agricultura, pensó que me estaba cachondeando de ella. De nada sirvieron mis explicaciones sobre el empeño puesto en el riego, ni mis apelaciones a la mala calidad de las gramíneas, de que seguramente me las habían vendido podridas. Terminé encerrado en una sala contigua a la clase que, en los tiempos de la guerra "in"civil, había servido como mazmorra. Allí permanecí durante toda la mañana. En aquella sala lúgrube y en penumbras. Sólo y asustado. En la pared pude distinguir un calendario antiguo. Un calendario que seguramente había servido para que los presos contasen los días que les quedaban para alcanzar la ansiada libertad. Al alba, un pelotón de fusilamiento habría sido la última cosa que viesen. O el cielo. Me detuve en el día de la semana que marcaba aquél calendario. Jueves. Desde entonces sé que no debo ahogar las esperanzas regándolas solo de palabras.

Empezar

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Al escribir en este espacio tengo la misma sensación que sentía cuando, de niño, empezaba una nueva libreta. Inmaculada. Totalmente en blanco. Siempre me hacía el firme propósito de ir llenándola procurando no emborronarla, cuidando la caligrafía, limando los márgenes y que, en ella, no apareciesen aquellos típicos tachones provocados por la tinta de unos bolígrafos "bic" demasiado frágiles para el acoso de nuestros dientes. Al cabo de unas semanas, el propósito se había quedado en eso. A lo sumo llegaba hasta la mitad de la libreta. No recuerdo haber superado ese límite y, lo que es peor, las páginas aparecían llenas de líneas que ni respetaban la horizontalidad, ni las barreras que imponían los márgenes. Tal vez por eso, nunca me dieron una medalla a la pulcritud en el Instituto y yo, presa de una incipiente frustración infantil, acostumbraba a sustituirlas por las manchas azules -en la adolescencia me cambié al negro- que, quisiera o no, adornaban invariablemente mis cuadernos.
Ahora me encuentro igual. O casi. He ganado en limpieza, eso si. Los márgenes, por la magia del software, aparecen definidos y, aunque lo desee, no podría romperlos. También las líneas aparecen horizontales y sin borrones. Hay una coherencia estética y, las reglas de las formas, están claras. Pero ¿y el fondo?. La pregunta que me hago es si esta libreta llegará a su fin. Ahí si que no me he movido un ápice pero, a diferencia de lo que me sucedía cuando niño o adulto, puedo justificar la obra inacabada en la falta de tiempo y el mucho trabajo. Antes solo cabía atribuirlo a la pereza y a la falta de imaginación, ambos imperdonables en edades tempranas. Y no me he olvidado del "propósito". La meta está en trescientos sesenta y cinco días. Un año. Cuatro estaciones que conforman todo un ciclo. Si no llego al final, siempre me quedará el consuelo que, al menos la libreta no estará manchada.